La ministra de Industria de Canadá, Mélanie Joly, inició esta semana una visita de cuatro días a China, reuniéndose una por una con cuatro fabricantes de automóviles: BYD, Chery, Geely y Shanghai Launch Automotive Technology (filial de SAIC), en busca de inversiones para la construcción de plantas en territorio canadiense. Joly declaró a los medios que el objetivo es que los gigantes canadienses de autopartes que ya tienen presencia en China —Magna, Linamar, Martinrea, entre otros— formen empresas conjuntas con los fabricantes chinos, para «producir vehículos sino-canadienses y exportarlos a todo el mundo», al tiempo que se protegen los 500 000 empleos del sector automotriz canadiense. Cualquier cooperación deberá cumplir cuatro condiciones previas: la empresa conjunta debe estar controlada por Canadá, cumplir con las normas laborales canadienses, utilizar componentes fabricados en Canadá, y el software del vehículo debe garantizar la seguridad de los datos de los usuarios.
El trasfondo de esta visita es el controvertido acuerdo de intercambio alcanzado en enero de este año entre el gobierno de Carney y China: Canadá redujo el arancel a la importación de vehículos eléctricos chinos del 100 % al 6,1 %, con una cuota de 49 000 unidades en el primer año (que ascendería a 70 000 en cinco años), mientras que China redujo su arancel al aceite de colza a aproximadamente el 15 %. El acuerdo ha suscitado fuertes críticas: el primer ministro de Ontario, Doug Ford, lo calificó de «Huawei 2.0»; el representante comercial de Estados Unidos, Greer, tildó la decisión de «problemática»; y el ex secretario de Estado Pompeo la denunció como un «grave error estratégico y moral». El actual ministro de Finanzas, Champagne, declaró públicamente en 2024 que Canadá «nunca» sería la puerta trasera para que los vehículos eléctricos chinos ingresaran a Norteamérica —este cambio de política pone en entredicho la coherencia de su postura. El viaje de Joly constituye la última iniciativa del gobierno de Carney para buscar activamente inversión de la industria automotriz china en Canadá, en medio de la creciente presión arancelaria de Estados Unidos, y a la vez una prueba crucial de si la reducción arancelaria a China puede traducirse realmente en la construcción de plantas en Canadá.